Paja en el cinematógrafo

La oscuridad, de la que se puede disfrutar mientras están pasando una película, puede ser nuestra cómplice para placenteras intimidades. Así ocurrió y continúa sucediendo cuando vemos en los cines de nuestras villas, pueblos y ciudades, a parejas de novios (no necesariamente deben estar formalizados) ocupando prácticamente una sola butaca, ignorando completamente lo que pasa sobre la pantalla. ¡Claro! Ellos tienen algo más interesante y urgente que hacer en esos casi 90 minutos que, en promedio, dura una película.

Yo concurría al cine todos los domingos, a veces en ambas secciones: matinée y familiar. Allí conocí a una persona mayor, bajo de estatura, algo gordito, treintañero, pelo y piel oscura, no negro, de escaso pelo en su cabeza. Al entrar a la sala me hacía un gesto de saludo, como de reverencia, acompañado de una pícara mirada.

Poco tiempo transcurrió para descubrir el porqué de esa amabilidad en el saludo. No lo hacía con todos los que entraban al cine, por supuesto. Algo me imaginaba. Por entonces, mis experiencias fueron de masturbaciones compartidas o mutuas, nada de “fellatio” ni penetraciones.

Una vez comenzada la proyección de la película, mientras yo ocupaba un asiento en un palco de los ubicados a la derecha de la sala, se sentó a mi lado.

Como cualquier espectador, primero se quedó quieto mirando hacia la película. Una vez ambientado, pasó su brazo izquierdo por sobre mi hombro y comenzó a acariciarlo.

Me apoyó su pierna izquierda sobre la mía, derecha, y buscó muy despacio mi mano del mismo lado, la que llevó suavemente hacia su bragueta. Hizo que le tocara su bulto y al poco rato desabotonó su pantalón para sacar su verga. No era muy grande, de unos 13 a 14 cms., pero dura. Ya estaba lubricada, lo que denotaba su calentura y deseos.

eros.paja en el cine

Disimuladamente -para no despertar sospecha entre los concurrentes al cine, principalmente de los que estaban detrás nuestro, aunque alejados algunas filas- yo movía suavemente mi mano, no así mi brazo.

De todos modos, aquel mínimo movimiento dio el resultado que él esperaba. Detuvo mi mano cuando la sentí húmeda con su semen caliente y el borde de la bragueta de su pantalón mojada. Retiró mi mano y se levantó hacia los sanitarios.

Una y otra vez se repitieron estos encuentros. Lo hacíamos cada vez que podíamos, es decir, cuando no había mucha gente en el cine o a veces nos trasladábamos a los palcos superiores, casi vacíos.

Muchas veces, luego que él acababa y se levantaba para ordenarse la ropa, regresaba por mi verga que, como es propio de la juventud, se mantenía por mucho tiempo dura, incluso luego de haber esparcido mi semen en el piso del palco.

Hacía bajarme el pantalón para que quedara todo mi sexo más libre (principalmente cuando estábamos en los palcos vacíos) y le gustaba acariciarme mis huevos. Pasaba una y otra vez su mano regordeta sobre la cabeza de mi verga y mi tronco, lo que me provocaba intenso placer. Yo, como ahora, era muy calentón y bastante rápido para terminar. Así que poco le iba para hacerme correr como una bestia. Siempre tuve mucha leche. La dejaba discurrir sobre su mano y luego embadurnaba todo mi pene con ella provocando placer y cosquillas al mismo tiempo.

Yo cuidaba de no manchar mi ropa, porque de lo contrario, debía abandonar la sala antes de que se encendieran las luces. En las posteriores funciones iba provisto de pañuelos o cualquier otro trapo para el “evento” que, casi invariablemente, me esperaba como protagonista.

No recuerdo que se haya “cortado” alguna vez la película pescándonos “in fraganti”. A lo mejor ocurrió y hemos podido zafar con disimulo de esa situación. Seguro que fue así.

Hasta el próximo relato.

Eros

 

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