Polla madura

Por aquella época, con mis 11 a 14 años, no pensaba que iba a relacionarme sexualmente con una persona mucho mayor que yo, la que hasta podía ser perfectamente mi padre por su edad.

Eran las épocas en que daba mis primeros pasos ganando algunos pesos vendiendo un dulce que me proporcionaba un pariente de mi madre, el que vendía de puerta en puerta.

Por entonces, yo vivía muy cerca de una familia cuyo hombre de la casa (único porque sólo tenía una hija y la señora viviendo con él) era un aficionado a la astronomía, al cine y al aeromodelismo.

Gracias a él y por su invitación, un día concurrí a un hangar ubicado a solo una cuadra de mi domicilio. Se trataba de un edificio grande sin paredes internas, con una altura de techo considerable, calculada por entonces del doble de una casa común; no recuerdo si había otras dependencias.

En él se guardaban algunos planeadores (vehículo aéreo –avión- de ala fija y sin motor, para el vuelo en planeo; se utiliza para estudiar las distintas capas de la atmósfera y otras investigaciones climáticas. También se realizan concursos de planeo con estos aparatos), propiedad del aeroclub local.

Uno de los encargados del lugar era una persona corpulenta (lo es todavía hoy) de unos 40 años, más o menos, casi pelado, relleno casi gordito, con el que poco a poco fui intimando.

Me invitó en varias oportunidades a concurrir al hangar; lo hacía en horarios que no había otra persona con él.

No recuerdo cómo ocurrió, comenzamos a hablar de sexo, de si me gustaban o no las mujeres, de historias de hombres con hombres, de si tenía un pene grande o chico, etc. etc.

Muy pronto, me mostró su aparato. Una polla grande, de unos 16 a 17 cms. grueso con una vena prominente en la parte superior (como la que tengo yo, jeje) que, conforme me invitó a tocarla y acariciarla, fue lubricándose con un líquido transparente y viscoso.

Yo disfrutaba de ese momento; sentía estremecer todo mi cuerpo, me temblaban las manos de deseo; eran, sin dudar, señales de que me atraían los hombres, claro que, por entonces, muy poco razonaba al respecto.

Mis visitas al hangar fueron repitiéndose. Aunque más frecuentes fueron los paseos que dábamos en su vehículo con el que me pasaba a buscar en una de las calles cercanas a mi casa, para que no vieran mis padres.

Íbamos a las afueras del pueblo donde, detenido una vez el motor del automóvil, nos entregábamos a las caricias de nuestros sexos. No había besos en la boca ni nada por el estilo por entonces. Sólo juego de manos y el gozar de nuestras vergas.

Él me invitaba a que lo meneara (pajeara, masturbara), y luego hacía lo propio conmigo. Ambos alcanzábamos el clímax arrojando mucho semen, mientras el habitáculo del automóvil se llenaba de un aroma agrio y dulzón al mismo tiempo.

Recuerdo que fue con él que probé por primera vez el gusto del esperma. Fue el suyo. Unté mi dedo en su cabeza recién mojada y me lo llevé a la boca. Su sabor era dulzón.

Esta persona siempre me trató con respeto. Hemos intimado en numerosas ocasiones, y nuestros encuentros se limitaron solamente a masturbarnos mutuamente y gozar viendo nuestros chorros de leche entremezclarse entre sí. Luego nos acomodábamos la ropa y regresábamos.

¡Quién diría! Ahora no se me ocurre tener relaciones con personas mayores que yo. No sé porqué será… quizás porque a veces no la encontramos tan dura como antes, jajajaja, pero debe ser igualmente sabrosa.

Un abrazo. Hasta la próxima.

Eros

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