Primera experiencia

Mi primera vez

Todo comenzó con aquél vecinito “fuerte” y alto, algunos años más que yo, pero no muchos, al que admiraba por su porte. Yo tenía por entonces once o doce años. Desde chico tenía como íntimos compañeros de juego a dos hermanas vecinas, y a mi propia hermana –un poco mayor.

Los muchachos del barrio acompañaban a sus padres en sus quehaceres y poco me atraía el fútbol, deporte que, como hoy, reúne a los varones en casi todos los rincones del planeta. Me gustaba jugar y compartir gratísimos momentos con mis vecinas, con las cuales aún hoy estamos en contacto, aunque no tan fluido debido a la dilatada geografía que nos aleja un poco.

En el predio del ferrocarril

Jorge, tal el nombre del apuesto muchacho, estaba estudiando el segundo nivel de enseñanza. Yo no recuerdo bien si había terminado el primer nivel o había comenzado a trabajar. El vecinito fuerte

El hecho fue que cierto día, después de almorzar, nos encontramos en la vereda y me invitó a que fuéramos a una hondonada cubierta de malezas y árboles, en terrenos del ferrocarril, que estaba al lado del galpón donde guardaban las locomotoras, justo frente a su casa. Yo fui, sin dudarlo. No tenía motivos para pensar en otra cosa que no fuera un paseo entre vecinos amigos.

Los terrenos del ferrocarril era nuestro lugar cotidiano de tránsito hacia el centro de la ciudad, y al mismo tiempo, la hondonada… lugar de juegos y escondidas. Cruzamos la calle (aún de tierra en aquella época) y nos adentramos en la hondonada. Allí quedaron restos de una choza que a menudo construíamos con cañas y troncos de los árboles, para escondernos de nuestros padres y divertirnos sanamente, aprovechando la espesura del lugar.

Una vez allí, Jorge hizo que me acercara a él y me tomó una de mis manos y la puso sobre su entrepierna. Un poco asombrado y otro poco curioso e inquieto, acepté de buen agrado su invitación. Yo sentí algo muy duro debajo de aquel pantalón. Me preguntó si quería verla.

A pesar que mi experiencia se limitaba sólo a manosear y a menear mi pene, nunca había estado con otro amigo en esa situación. Sin titubear dije que sí.

Desabrochó su bragueta y a manera de un resorte contenido, salió de ella una verga gruesa y larga. Por lo menos así la recuerdo yo, quizás ahora sería una verga común. Lo que ocurrió después era de esperar.

A mí se me había puesto dura, y me pidió que la sacara también. Me las arreglé para hacerlo sin dejar de rodear con mis dedos y mano aquel pedazo de carne palpitante. Yo sentía que levantaba temperatura; debía haber hervido de deseo.

Con tono amistoso me dijo que la acariciara y se la meneara (que lo masturbara), mientras él pasaba su mano por mi cabeza. Era algo más alto que yo y la caricia lo hacía como una forma de mantenerme cerca suyo mientras comenzaba a gemir de placer.

Poco fue para que un chorro largo, blanco y espeso de semen, regara las hojas de las plantas que nos rodeaban. Yo seguí apretando aquella verga gruesa y jugosa hasta que dejó de gemir, cerró los ojos y me retiró la mano con la suya.

¡Mastúrbate! Me ordenó. Yo así lo hice, y a poco de comenzar, mis primeros jugos también quedaron esparcidos por aquel lugar. No recuerdo si lo hemos repetido. De lo que recuerdo es que lo soñaba por las noches. Deseaba reencontrarme otra vez con Jorge, aunque sus estudios y mi trabajo nos fueron alejando poco a poco, y de aquel vecinito “fuerte” sólo atesoro esos hermosos momentos en mi memoria.

Hasta el próximo relato.

Eros

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