Pene grande y cabezón

En una de las esquinas de la cuadra de enfrente, vivía Jorge. Un muchacho tres años mayor, alto, con pecho de nadador, piernas fuertes, con entradas en ambos lados de su frente, poco pelo, castaño y con una nariz un poco prominente, ganchuda. No era un modelo, pero tampoco feo, ni mucho menos.

Con él hicimos una linda amistad. Le gustaba mucho leer como a mí. Los dos fuimos aplicados en el colegio. Éramos fanáticos de la lectura y ese fue el motivo que nos unió en amistad.

Su familia era gente muy buena, trabajadora. Yo tuve rápido acceso a su vivienda por la condición de vecino, simpatía y afinidad. La excusa era leer muchos de los libros que contaba Jorge. Su padre había fallecido joven, por lo que vivía junto a su madre y una hermana mayor que él.

Los momentos que pasé junto a Jorge fueron, principalmente, a la hora de la siesta. Yo entraba muy sigilosamente -para no despertar a su familia- por un pasillo externo y él me esperaba sentado frente a una mesa de piedra en el jardín. Allí traía algunas de sus revistas y libros que guardaba celosamente en su pieza. Entre ellas, escondida, una revista pornográfica y un libro titulado “Los amores de la princesa rusa” (con el pasar de los años tuve ocasión de leerlo y no me pareció para nada pornográfico, todo se reducía a la curiosidad propia de la juventud y al despertar del apetito sexual). Pasábamos horas leyendo y charlando de muchas cosas con Jorge, al que aprecio aún y me gustaría reencontrar.

Cierto día, concurrí a su casa en horario vespertino. La madre y la hermana habían salido y él estaba pronto a ducharse. Hacía mucho calor. Estábamos juntos en la pieza. Él seleccionaba la ropa que luego del baño iba a vestir. Se desvistió, manteniendo sólo su calzoncillo blanco. Cuando fue el momento, se introdujo en el baño y comenzó a ducharse. Yo permanecía sentado en su cama, rodeado de revistas. Al ratito sentí que me llamaba. Yo le pregunté que quería, y me pidió que entrara al baño. Lo hice.

Jorge se encontraba de pie bajo la ducha, sosteniendo en su mano izquierda su pene, grande, con una cabeza rosada más ancha que su cuerpo, largo unos 17 centímetros, con dos hermosos huevos peludos. Todo su cuerpo me pareció hermoso.

¿Te gusta? Me preguntó. Sí, le dije, creo que poniéndome rojo de vergüenza, no por lo que veía, sino por el deseo que invadió mi cuerpo y ganas de tenerla entre mis manos.

¿Me dejas tocarla? Le pregunté. Él asintió. La apreté para comprobar la dureza de aquel pene que, luego, por muchos días, meses y años desveló mis noches. Acaricié rápidamente su escroto para palpar sus calientes huevos. Yo me alejé un poco acercándome a la puerta por si regresaba algún miembro de su familia.

Mientras tanto, Jorge comenzó a masturbarse (menearse, pajearse). Entre gemidos, me avisó que lo observara. Su mano izquierda se inundó de un líquido blanco, espeso, que pronto también corrió por sus huevos. Él gemía de placer con cada espasmo apretando aquella verga gruesa. Luego de cinco o seis chorros de su esperma, se quedó quieto, y viendo cómo yo no quitaba mis ojos de aquel lindo pedazo.

Estaba a mil, pero no pude hacer nada más por temor a que entrara alguien de su familia.

foto el intelectual

Me retiré del baño y fui a la pieza. Al poco rato Jorge salió del baño vistiendo sólo una toalla grande; su polla marcaba un bulto prominente que mostraba no estar plenamente satisfecha. Al pasar a mi lado se la toqué, él se quedó quieto para disfrutar de aquella caricia. Pero no hubo más tiempo. Hubo ruidos en el patio que delataron el regreso de su madre y hermana.

Mis visitas en horario vespertino se fueron repitiendo, y las de las siestas también. Con Jorge nos llevábamos muy bien, y siempre encontrábamos un escondite dentro de la casa para tocarnos y manosearnos; otras veces para juntar nuestros semen en veloces meneadas (pajas).

Otro lindo recuerdo de un vecino de mi antigua villa. Aún hoy se pone dura mi verga cuando lo evoco.

Hasta la próxima, amigos.

Eros

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