Inicio

ALTO!   STOP!

ADVERTENCIA!

El contenido de este blog es exclusivo para ADULTOS.

Si eres menor de 18 años, o eres menor de edad según las leyes de tu país, por favor, cierra inmediatamente este blog.

Al entrar a EROS GAROTO tú te haces completa y solidariamente responsable por si te sientes ofendido por el contenido aquí publicado.

Los relatos de las experiencias son propiedad de EROS GAROTO, con exclusividad.

Las fotos e imágenes que ilustran los textos, no son propiedad de EROS GAROTO, las mismas fueron aportadas por colaboradores y sitios gratuitos de internet.

Los dibujos son de propiedad privada y por lo tanto tienen derecho de autor, y fueron elaborados con intención artística, única y exclusivamente. Los dibujos aquí expuestos no podrán usarse, copiarse, imprimirse, publicarse y hacer ningún otro uso público o privado de ellos, sin el consentimiento expreso de su autor. El autor de los dibujos no se hace responsable por las posibles consecuencias que devengaran los mismos por insinuación étnica racial, discriminación de raza, credo o religión, sexual o de cualquier otra índole. Tú como visitante de este blog, eres el único responsable por si te sientes ofendido por el contenido aquí publicado.

Gracias por visitarnos.

Paja en el baño del ferrocarril

Paja en el baño del ferrocarril

Una de las experiencias más placenteras la tuve en un baño de la estación de trenes de mi pueblo.

Fue al regreso de una función cinematográfica, por entonces, la diaria diversión que existía en el lugar, además de los bailes que los clubes del pueblo programaban mensualmente.

El predio del ferrocarril no estaba muy alumbrado. Había que atravesarlo para pasar de un sector al otro. La luz era suficiente para recorrer el sendero de casi unos ochenta metros de recorrido entre varias líneas de vías.

Yo regresaba solo a mi casa. Era casi medianoche. Cuando estaba por la mitad del predio del ferrocarril, y antes de llegar a la zona de andenes, observé que a pocos metros hacia mi derecha venía una persona montada en su bicicleta. Inmediatamente no lo conocí. Recién pude reconocerlo cuando se me acercó y saludó.

Sin preámbulo me invitó a ir al baño de la estación, la que estaba totalmente desierta, como así también sus baños.

No era un lugar agradable. Espacios estrechos, techos de mampostería bajos, sucio de papeles y otras porquerías, olor nauseabundo, sin luz, en fin…

Entró primero él y se colocó a mi frente en uno de los retretes y me invitó a que me acercara.

Una vez que me tuvo frente a él, peló su aparato y me la puso en la mano.


Sorpresa al ver el tamaño de su verga

Wuouuuuuuu… ¡qué hermosa verga! Grande, con pelo ensortijado a su alrededor, gruesa y larga. Yo calculé unos 18 a 20 cms. Era tan gruesa que me sobresalté, pero al mismo tiempo comencé a arder de placer.

Él quería penetrarme. Yo le dije que eso no me gustaba y que no lo había hecho con nadie aún, pero no iba a hacerlo con él porque su verga era para mí descomunal.

Se la acaricié por unos instantes. Luego, era tal la calentura que me provocaba aquel pedazote de carne, que él se dio cuenta y me pidió que me arrodillara y la besara.

Yo no recuerdo que la haya besado. Sí, me acuerdo perfectamente que introduje esa verga grande y gruesa como pude en mi boca y comencé a saborearla. Él empujó sus piernas hacia delante, con lo que su pene se estrelló contra el fondo de mi garganta produciéndome cierto dolor que le comenté.

Seguí succionando mientras lo escuchaba gemir de placer. Besaba sus huevos y volvía con mi lengua subiendo por su tronco hasta llegar otra vez a su cabeza caliente y a punto de explotar.

Eso sucedió. Un chorro de leche caliente, otro más, otro más, y otro más, llenaron mi boca. A varios de ellos los tragué, pero con placer. No me produjeron asco, ni mucho menos.

Saboreaba aquel semen como si hubiese sido lo último a beber en mi vida. ¡Qué placer! ¡Qué calentura que tenía con aquel muchacho! ¡Y qué cantidad de esperma tenía!

Cuánto semen tenía su verga!

Una vez que lanzó su última gota, a la que dejé aprisionada en mi paladar, se acomodó sus prendas y se fue dejándome solo en aquel recinto lúgubre y oscuro que albergó uno de los momentos más excitantes de mi vida.

Aprovechando el momento y mi calentura, apenas toqué mi verga ésta estalló arrojando todo el semen que fui reteniendo desde que se inició este caliente encuentro.

Nunca más volví a juntarme con este muchacho. ¡Qué pena! Lo bueno dura poco. Me quedó la satisfacción de haber visto y probado semejante, ardiente y jugosa verga.

Hasta la próxima mis cachondos…

Paja en el cinematógrafo

La oscuridad, de la que se puede disfrutar mientras están pasando una película, puede ser nuestra cómplice para placenteras intimidades. Así ocurrió y continúa sucediendo cuando vemos en los cines de nuestras villas, pueblos y ciudades, a parejas de novios (no necesariamente deben estar formalizados) ocupando prácticamente una sola butaca, ignorando completamente lo que pasa sobre la pantalla. ¡Claro! Ellos tienen algo más interesante y urgente que hacer en esos casi 90 minutos que, en promedio, dura una película.

Yo concurría al cine todos los domingos, a veces en ambas secciones: matinée y familiar. Allí conocí a una persona mayor, bajo de estatura, algo gordito, treintañero, pelo y piel oscura, no negro, de escaso pelo en su cabeza. Al entrar a la sala me hacía un gesto de saludo, como de reverencia, acompañado de una pícara mirada.

Poco tiempo transcurrió para descubrir el porqué de esa amabilidad en el saludo. No lo hacía con todos los que entraban al cine, por supuesto. Algo me imaginaba. Por entonces, mis experiencias fueron de masturbaciones compartidas o mutuas, nada de “fellatio” ni penetraciones.

Una vez comenzada la proyección de la película, mientras yo ocupaba un asiento en un palco de los ubicados a la derecha de la sala, se sentó a mi lado.

Como cualquier espectador, primero se quedó quieto mirando hacia la película. Una vez ambientado, pasó su brazo izquierdo por sobre mi hombro y comenzó a acariciarlo.

Me apoyó su pierna izquierda sobre la mía, derecha, y buscó muy despacio mi mano del mismo lado, la que llevó suavemente hacia su bragueta. Hizo que le tocara su bulto y al poco rato desabotonó su pantalón para sacar su verga. No era muy grande, de unos 13 a 14 cms., pero dura. Ya estaba lubricada, lo que denotaba su calentura y deseos.

eros.paja en el cine

Disimuladamente -para no despertar sospecha entre los concurrentes al cine, principalmente de los que estaban detrás nuestro, aunque alejados algunas filas- yo movía suavemente mi mano, no así mi brazo.

De todos modos, aquel mínimo movimiento dio el resultado que él esperaba. Detuvo mi mano cuando la sentí húmeda con su semen caliente y el borde de la bragueta de su pantalón mojada. Retiró mi mano y se levantó hacia los sanitarios.

Una y otra vez se repitieron estos encuentros. Lo hacíamos cada vez que podíamos, es decir, cuando no había mucha gente en el cine o a veces nos trasladábamos a los palcos superiores, casi vacíos.

Muchas veces, luego que él acababa y se levantaba para ordenarse la ropa, regresaba por mi verga que, como es propio de la juventud, se mantenía por mucho tiempo dura, incluso luego de haber esparcido mi semen en el piso del palco.

Hacía bajarme el pantalón para que quedara todo mi sexo más libre (principalmente cuando estábamos en los palcos vacíos) y le gustaba acariciarme mis huevos. Pasaba una y otra vez su mano regordeta sobre la cabeza de mi verga y mi tronco, lo que me provocaba intenso placer. Yo, como ahora, era muy calentón y bastante rápido para terminar. Así que poco le iba para hacerme correr como una bestia. Siempre tuve mucha leche. La dejaba discurrir sobre su mano y luego embadurnaba todo mi pene con ella provocando placer y cosquillas al mismo tiempo.

Yo cuidaba de no manchar mi ropa, porque de lo contrario, debía abandonar la sala antes de que se encendieran las luces. En las posteriores funciones iba provisto de pañuelos o cualquier otro trapo para el “evento” que, casi invariablemente, me esperaba como protagonista.

No recuerdo que se haya “cortado” alguna vez la película pescándonos “in fraganti”. A lo mejor ocurrió y hemos podido zafar con disimulo de esa situación. Seguro que fue así.

Hasta el próximo relato.

Eros

 

Polla madura

Por aquella época, con mis 11 a 14 años, no pensaba que iba a relacionarme sexualmente con una persona mucho mayor que yo, la que hasta podía ser perfectamente mi padre por su edad.

Eran las épocas en que daba mis primeros pasos ganando algunos pesos vendiendo un dulce que me proporcionaba un pariente de mi madre, el que vendía de puerta en puerta.

Por entonces, yo vivía muy cerca de una familia cuyo hombre de la casa (único porque sólo tenía una hija y la señora viviendo con él) era un aficionado a la astronomía, al cine y al aeromodelismo.

Gracias a él y por su invitación, un día concurrí a un hangar ubicado a solo una cuadra de mi domicilio. Se trataba de un edificio grande sin paredes internas, con una altura de techo considerable, calculada por entonces del doble de una casa común; no recuerdo si había otras dependencias.

En él se guardaban algunos planeadores (vehículo aéreo –avión- de ala fija y sin motor, para el vuelo en planeo; se utiliza para estudiar las distintas capas de la atmósfera y otras investigaciones climáticas. También se realizan concursos de planeo con estos aparatos), propiedad del aeroclub local.

Uno de los encargados del lugar era una persona corpulenta (lo es todavía hoy) de unos 40 años, más o menos, casi pelado, relleno casi gordito, con el que poco a poco fui intimando.

Me invitó en varias oportunidades a concurrir al hangar; lo hacía en horarios que no había otra persona con él.

No recuerdo cómo ocurrió, comenzamos a hablar de sexo, de si me gustaban o no las mujeres, de historias de hombres con hombres, de si tenía un pene grande o chico, etc. etc.

Muy pronto, me mostró su aparato. Una polla grande, de unos 16 a 17 cms. grueso con una vena prominente en la parte superior (como la que tengo yo, jeje) que, conforme me invitó a tocarla y acariciarla, fue lubricándose con un líquido transparente y viscoso.

Yo disfrutaba de ese momento; sentía estremecer todo mi cuerpo, me temblaban las manos de deseo; eran, sin dudar, señales de que me atraían los hombres, claro que, por entonces, muy poco razonaba al respecto.

Mis visitas al hangar fueron repitiéndose. Aunque más frecuentes fueron los paseos que dábamos en su vehículo con el que me pasaba a buscar en una de las calles cercanas a mi casa, para que no vieran mis padres.

Íbamos a las afueras del pueblo donde, detenido una vez el motor del automóvil, nos entregábamos a las caricias de nuestros sexos. No había besos en la boca ni nada por el estilo por entonces. Sólo juego de manos y el gozar de nuestras vergas.

Él me invitaba a que lo meneara (pajeara, masturbara), y luego hacía lo propio conmigo. Ambos alcanzábamos el clímax arrojando mucho semen, mientras el habitáculo del automóvil se llenaba de un aroma agrio y dulzón al mismo tiempo.

Recuerdo que fue con él que probé por primera vez el gusto del esperma. Fue el suyo. Unté mi dedo en su cabeza recién mojada y me lo llevé a la boca. Su sabor era dulzón.

Esta persona siempre me trató con respeto. Hemos intimado en numerosas ocasiones, y nuestros encuentros se limitaron solamente a masturbarnos mutuamente y gozar viendo nuestros chorros de leche entremezclarse entre sí. Luego nos acomodábamos la ropa y regresábamos.

¡Quién diría! Ahora no se me ocurre tener relaciones con personas mayores que yo. No sé porqué será… quizás porque a veces no la encontramos tan dura como antes, jajajaja, pero debe ser igualmente sabrosa.

Un abrazo. Hasta la próxima.

Eros

Pene grande y cabezón

En una de las esquinas de la cuadra de enfrente, vivía Jorge. Un muchacho tres años mayor, alto, con pecho de nadador, piernas fuertes, con entradas en ambos lados de su frente, poco pelo, castaño y con una nariz un poco prominente, ganchuda. No era un modelo, pero tampoco feo, ni mucho menos.

Con él hicimos una linda amistad. Le gustaba mucho leer como a mí. Los dos fuimos aplicados en el colegio. Éramos fanáticos de la lectura y ese fue el motivo que nos unió en amistad.

Su familia era gente muy buena, trabajadora. Yo tuve rápido acceso a su vivienda por la condición de vecino, simpatía y afinidad. La excusa era leer muchos de los libros que contaba Jorge. Su padre había fallecido joven, por lo que vivía junto a su madre y una hermana mayor que él.

Los momentos que pasé junto a Jorge fueron, principalmente, a la hora de la siesta. Yo entraba muy sigilosamente -para no despertar a su familia- por un pasillo externo y él me esperaba sentado frente a una mesa de piedra en el jardín. Allí traía algunas de sus revistas y libros que guardaba celosamente en su pieza. Entre ellas, escondida, una revista pornográfica y un libro titulado “Los amores de la princesa rusa” (con el pasar de los años tuve ocasión de leerlo y no me pareció para nada pornográfico, todo se reducía a la curiosidad propia de la juventud y al despertar del apetito sexual). Pasábamos horas leyendo y charlando de muchas cosas con Jorge, al que aprecio aún y me gustaría reencontrar.

Cierto día, concurrí a su casa en horario vespertino. La madre y la hermana habían salido y él estaba pronto a ducharse. Hacía mucho calor. Estábamos juntos en la pieza. Él seleccionaba la ropa que luego del baño iba a vestir. Se desvistió, manteniendo sólo su calzoncillo blanco. Cuando fue el momento, se introdujo en el baño y comenzó a ducharse. Yo permanecía sentado en su cama, rodeado de revistas. Al ratito sentí que me llamaba. Yo le pregunté que quería, y me pidió que entrara al baño. Lo hice.

Jorge se encontraba de pie bajo la ducha, sosteniendo en su mano izquierda su pene, grande, con una cabeza rosada más ancha que su cuerpo, largo unos 17 centímetros, con dos hermosos huevos peludos. Todo su cuerpo me pareció hermoso.

¿Te gusta? Me preguntó. Sí, le dije, creo que poniéndome rojo de vergüenza, no por lo que veía, sino por el deseo que invadió mi cuerpo y ganas de tenerla entre mis manos.

¿Me dejas tocarla? Le pregunté. Él asintió. La apreté para comprobar la dureza de aquel pene que, luego, por muchos días, meses y años desveló mis noches. Acaricié rápidamente su escroto para palpar sus calientes huevos. Yo me alejé un poco acercándome a la puerta por si regresaba algún miembro de su familia.

Mientras tanto, Jorge comenzó a masturbarse (menearse, pajearse). Entre gemidos, me avisó que lo observara. Su mano izquierda se inundó de un líquido blanco, espeso, que pronto también corrió por sus huevos. Él gemía de placer con cada espasmo apretando aquella verga gruesa. Luego de cinco o seis chorros de su esperma, se quedó quieto, y viendo cómo yo no quitaba mis ojos de aquel lindo pedazo.

Estaba a mil, pero no pude hacer nada más por temor a que entrara alguien de su familia.

foto el intelectual

Me retiré del baño y fui a la pieza. Al poco rato Jorge salió del baño vistiendo sólo una toalla grande; su polla marcaba un bulto prominente que mostraba no estar plenamente satisfecha. Al pasar a mi lado se la toqué, él se quedó quieto para disfrutar de aquella caricia. Pero no hubo más tiempo. Hubo ruidos en el patio que delataron el regreso de su madre y hermana.

Mis visitas en horario vespertino se fueron repitiendo, y las de las siestas también. Con Jorge nos llevábamos muy bien, y siempre encontrábamos un escondite dentro de la casa para tocarnos y manosearnos; otras veces para juntar nuestros semen en veloces meneadas (pajas).

Otro lindo recuerdo de un vecino de mi antigua villa. Aún hoy se pone dura mi verga cuando lo evoco.

Hasta la próxima, amigos.

Eros

Primera experiencia

Mi primera vez

Todo comenzó con aquél vecinito “fuerte” y alto, algunos años más que yo, pero no muchos, al que admiraba por su porte. Yo tenía por entonces once o doce años. Desde chico tenía como íntimos compañeros de juego a dos hermanas vecinas, y a mi propia hermana –un poco mayor.

Los muchachos del barrio acompañaban a sus padres en sus quehaceres y poco me atraía el fútbol, deporte que, como hoy, reúne a los varones en casi todos los rincones del planeta. Me gustaba jugar y compartir gratísimos momentos con mis vecinas, con las cuales aún hoy estamos en contacto, aunque no tan fluido debido a la dilatada geografía que nos aleja un poco.

En el predio del ferrocarril

Jorge, tal el nombre del apuesto muchacho, estaba estudiando el segundo nivel de enseñanza. Yo no recuerdo bien si había terminado el primer nivel o había comenzado a trabajar. El vecinito fuerte

El hecho fue que cierto día, después de almorzar, nos encontramos en la vereda y me invitó a que fuéramos a una hondonada cubierta de malezas y árboles, en terrenos del ferrocarril, que estaba al lado del galpón donde guardaban las locomotoras, justo frente a su casa. Yo fui, sin dudarlo. No tenía motivos para pensar en otra cosa que no fuera un paseo entre vecinos amigos.

Los terrenos del ferrocarril era nuestro lugar cotidiano de tránsito hacia el centro de la ciudad, y al mismo tiempo, la hondonada… lugar de juegos y escondidas. Cruzamos la calle (aún de tierra en aquella época) y nos adentramos en la hondonada. Allí quedaron restos de una choza que a menudo construíamos con cañas y troncos de los árboles, para escondernos de nuestros padres y divertirnos sanamente, aprovechando la espesura del lugar.

Una vez allí, Jorge hizo que me acercara a él y me tomó una de mis manos y la puso sobre su entrepierna. Un poco asombrado y otro poco curioso e inquieto, acepté de buen agrado su invitación. Yo sentí algo muy duro debajo de aquel pantalón. Me preguntó si quería verla.

A pesar que mi experiencia se limitaba sólo a manosear y a menear mi pene, nunca había estado con otro amigo en esa situación. Sin titubear dije que sí.

Desabrochó su bragueta y a manera de un resorte contenido, salió de ella una verga gruesa y larga. Por lo menos así la recuerdo yo, quizás ahora sería una verga común. Lo que ocurrió después era de esperar.

A mí se me había puesto dura, y me pidió que la sacara también. Me las arreglé para hacerlo sin dejar de rodear con mis dedos y mano aquel pedazo de carne palpitante. Yo sentía que levantaba temperatura; debía haber hervido de deseo.

Con tono amistoso me dijo que la acariciara y se la meneara (que lo masturbara), mientras él pasaba su mano por mi cabeza. Era algo más alto que yo y la caricia lo hacía como una forma de mantenerme cerca suyo mientras comenzaba a gemir de placer.

Poco fue para que un chorro largo, blanco y espeso de semen, regara las hojas de las plantas que nos rodeaban. Yo seguí apretando aquella verga gruesa y jugosa hasta que dejó de gemir, cerró los ojos y me retiró la mano con la suya.

¡Mastúrbate! Me ordenó. Yo así lo hice, y a poco de comenzar, mis primeros jugos también quedaron esparcidos por aquel lugar. No recuerdo si lo hemos repetido. De lo que recuerdo es que lo soñaba por las noches. Deseaba reencontrarme otra vez con Jorge, aunque sus estudios y mi trabajo nos fueron alejando poco a poco, y de aquel vecinito “fuerte” sólo atesoro esos hermosos momentos en mi memoria.

Hasta el próximo relato.

Eros